Sinapsis Segovia | Juguetes electrónicos… no gracias
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Juguetes electrónicos… no gracias

Juguetes electrónicos… no gracias

Collage of joyful children during their vacation

Tras pasar las navidades y haber estado rodeada del excesivo e incitado consumo propio de las fechas, siento la necesidad de hacer una reflexión en voz alta y compartida con respecto a los juguetes que se les proporciona a los niños, independientemente de la edad que tengan.

Cuando vas a las tiendas de juguetes, ves los anuncios o hablas con los padres y madres de los niños, una se da cuenta de la tendencia tan grande que hay de invadir los cuartos de los pequeños con juguetes electrónicos, tremendamente ruidosos y llenos de luces que, lejos de utilizarse como recurso educativo, acaban convirtiéndose en un objeto estruendoso que excita y altera a los niños en exceso y que, además, va acostumbrando a los niños a una forma de pensamiento nada favorecedor para su desarrollo cognitivo.  Los juguetes electrónicos tienen generalmente distintas funciones de sonidos y luces y los niños se vuelven locos por apretar todos los botones de una forma casi impulsiva porque les produce tal excitación un estímulo tan potente y capturador como el que tienen en sus manos, que les cuesta poner fin hasta que no están realmente embotados y saturados.

El juego y los juguetes, han de ser un medio para conseguir un doble fin: divertirse y potenciar el desarrollo de los niños. Para que seamos funcionales en nuestra vida como adultos, y por tanto en el proceso de crecimiento hacia dicha etapa, es importantísimo que nuestro cerebro sea capaz de centrar su atención y mantenerla el tiempo necesario para poder desarrollar la actividad que nos traemos entre manos.  Para ello, hemos de tener la capacidad de poder filtrar todos aquellos estímulos que pueden suponer un distractor a nuestra tarea y ser capaces de que nuestra concentración no decaiga al poco tiempo de iniciar la actividad.  Para que esto ocurra, desde pequeños los niños necesitan entrenar estos procesos, ser capaces de centrar su atención ellos solos en una actividad (juego) y no cambiar de foco atencional continuamente. Los juegos y juguetes tradicionales y aquellos más modernos que no son electrónicos, son la mejor herramienta para conseguir este fin, porque el niño se convierte en el actor principal del juego, es quien maneja el objeto, el que puede optar por cambiar las normas de juego las veces que quiera, el que tiene capacidad para utilizar el juguete para fines múltiples, incluso para los que no fue concebido inicialmente.  Al ser el protagonista de su propio juego, él presta la atención para poder jugar, sin embargo, el juguete electrónico capta su atención, haciendo que el niño tenga un papel pasivo, sujeto a las normas y posibilidades estancas del juego y acabando por desecharlo cuando no tiene pilas porque pierde su capacidad de capturarle y mantenerle centrado.  Esta es la gran diferencia entre prestar atención y que algo te capte la atención.

A veces nos alarmamos de la cantidad de niños que hay en las escuelas con problemas de aprendizaje: con dificultades de motricidad fina, de rendimiento en matemáticas, de atención, de lenguaje… y es que les estamos educando en un entorno y con unos juegos que capan el desarrollo de habilidades y capacidades que sí se alcanzan con los juguetes no electrónicos. La manipulación de los objetos, poder montarlos y desmontarlos, crear diferentes cosas con sus piezas, simular que los muñecos lloran o dicen cosas sin que el propio juguete lo haga, potencia que el niño vaya aprendiendo vocabulario, que adquiera las bases del pensamiento lógico y abstracto, que desarrolle su capacidad espacial y un largo etcétera.

Todo esto es solamente a nivel de desarrollo cognitivo, pero si entráramos plantear qué ocurre a nivel de valores con el uso de este tipo de juguetes, nos daríamos cuenta de que incitan a un consumo insostenible para el planeta (derroche de energía, generación de residuos electrónicos y la dinámica de usar y tirar), a la necesidad de la inmediatez de respuesta frente a la paciencia, a eliminar la posibilidad de poder reparar en casa lo que se rompe frente a tener que tirar a la basura el juguete, etc.

Creo que merece la pena plantearse si realmente queremos que nuestros hijos usen estos juguetes, yo desde luego, renuncio.

  Teresa Solís Bertrán de Lis  

Pedagoga especializada en Neuropsicología

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