Sinapsis Segovia | Esta triste burbuja de cristal
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Esta triste burbuja de cristal

Esta triste burbuja de cristal

Esta triste burbuja de cristal

Hoy he ido a la compra y no sé qué es más triste, si la tensión y tristeza de las caras de todos nosotros, o el aterrador silencio que inunda todo. Colas para entrar respetando el espacio entre unos y otros, miradas para esquivarnos en los pasillos, ojos decaídos y preocupados detrás de mascarillas, caseras o compradas, de mamparas protectoras, hasta de bozales de perro reconvertidos con telas en mascarillas, porque el miedo invade y cada uno se busca las vueltas como puede. Yo sin mascarillas, las doné al hospital, pero con guantes, siento una extraña tranquila inseguridad: si voy con guantes, los quito con seguridad y puedo evitar tocarme la cara, manteniendo la distancia y lavándome bien cuando llegue a casa, todo irá bien. Concéntrate, ve a por lo necesario, pero con calma, porque las prisas todo lo complican, se contagian y bastante rápido nos ha cambiado la vida como para seguir corriendo. El bullicio de los supermercados se ha esfumado, no hay conversaciones más que algún “¿qué tal estáis? Me alegro de verte” y se acabó todo. Ya no atascamos los pasillos hablando entre nosotros con los carros atravesados, ya no escuchamos a los padres discutir con los peques para que no hagan peripecias sobre los carros o cojan los caprichos que no queremos comprarles. Se oyen los pasos, el rodar de los carros y alguna pregunta de “perdone:¿me puede decir dónde está el azúcar?”
Miro en el silencio, porque ya no suena ni el hilo musical, a ver si por suerte reconozco detrás de las mascarillas alguna cara conocida porque, sí, me muero de ganas de veros a todos, de saber de vosotros, de veros sonreír, de abrazaros. Y es que esta triste burbuja de cristal que nos separa tiene su lado doloroso, pero prefiero quedarme con que hemos aprendido a pintar arcoíris, a desearnos el bien y a pensar en la necesidad de cuidarnos unos a otros. Desde las ventanas, desde el otro lado de la pantalla, desde la distancia, estamos aprendiendo a acercarnos y a recuperar la cercanía que con las prisas, el estrés y la vida del siglo XXI estábamos dejando perder.
Dicen que no hay mal que por bien no venga, aunque ya podía ser un mal menos dañino, y también que toda crisis es una oportunidad. Me gusta más la segunda parte y de corazón creo que tenemos la oportunidad de reencontrarnos en lo que tantas veces he reclamado en otros escritos, aquello que nos caracteriza como humanos, la socialización. Quizá la parada en esta estación sea la oportunidad de entender que desde el egoísmo y egocentrismo no vamos a ninguna parte, que nos necesitamos unos a otros, que nos debemos y que no puede ser de otra forma, solos, nos ahogamos.
Todos alzamos en algún momento del día la mirada hacia el cielo desde la ventana y suspiramos por volver a lo que teníamos, porque lo conocido nos da seguridad y la incertidumbre de un futuro distinto y desconocido nos asusta, pero… ¿y si nos planteamos que desde casa, desde la calma y desde el parón podemos pensarnos diferentes, soñar con otra forma de vida y corregir todo aquello que no nos llevaba por un sendero humano y humanizador? Yo, a pesar de las dificultades, los problemas y el desolador panorama que nos rodea hago todos los días el esfuerzo de pensar cómo cambiar desde mi espacio, desde mis posibilidades, y estoy decidida a dar el paso. He optado por reformular mi sendero personal, familiar y profesional, no quiero volver a la locura y el estrés, quiero otro ritmo. Así que, cuando consigamos destruir esta triste burbuja de cristal, deseo de corazón que todos hayamos pensado un futuro distinto, más austero, a un tempo más lento y poniendo en el centro una gran dosis de humanidad.

Teresa Solís
Pedagoga.

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